miércoles, 16 de junio de 2010

LA ORTOGRAFIA

Antón y el Eco.

En noche oscura y brumosa
tan atontado iva Antón,
que cayò de un tropezón
en la acera resbalosa.

Soltó un feo juramento
diciendo: ¿Quién se cayó?
y en la pared del convento
repercutió el eco: "yo".

¡Mientes! Fuí yo quien caí;
y si el casco me rompí
tendré que gastar pelucas...
-Lucas!

¡No soy Lucas, voto a Dios!
vamos a vernos los dos
ahora mismo farfantón.
¡Antón!

-Me conoces, he! tunante?
pues aguardate un instante,
conocerás mi navaja ...
-baja!

-Bajare con mucho gusto
¿te figuras que me asusto?
al contrario, más me exalto...
-Alto!

¿Alto yo? ¿piensa el osado
que en este pecho esforzado
el valor ya está marchito?
-Chito!

-¿Y pretende el insolente
mandar callar a un valiente?
¿Que calle yo? Miserable!
-hable!

Hablaré, por vida mia,
hasta que tu lengua impía
con este acero taladre ...
-Ladre!

-¿Ladrar? ¿Soy perro quizás?
¿Donde, villano estás
que de esperarte me aburro?
-Burro?

-¿Burro yo? insulto extraño
que vengaré a mi amaño.
El momento es oportuno...
-Tuno!

-¿Dónde está el majadero
que me toma por carnero?
Responde. ¿Dónde se encuentra?
-Entra!

-Sal tú, si no eres cobarde;
y apresúrate que es tarde.
A pié firme aquí te espero.
-Pero!

-No hay pero que valga, flojo!
sal que ya estoy viendo rojo
y ansío tenerte enfrente...
-Ente!

-¿Pero donde estas? Repito
que estoy oyendo tu grito
y tu ausencia ya me admira.
-Mira!

-Sí, miro; pero qué diáblo!
no puedo ver con quien hablo,
pues no aparece ninguno.
-Uno!

Uno o cien, lo mismo dá;
que salga, que salga ya.
Lo aguardo. Aquí me coloco!
-Loco.

-¿Así te burlas de mí?
¿Quien eres, quien eres, dí?
No me hagas perder la calma.
-Alma!

Mas si eres un alma en pena,
¿como no oigo tu cadena?
Basta de bromas; concluye.
Huye!

-No tal; no me iré de aquí
Sin saber quién me habla así.
Dime siquiera tu nombre.
-Hombre!

¿Pero estás vivo o difunto?
Aclara bien este punto,
que a mí ya nada me asombra.
-Sombra!

-Una sombra y la insulté!
Perdóname que tomé
cuatro copas con bizcocho.
-Ocho!

Marchose Antón al momento
y en casa contó a su esposa
que una sombra pavorosa,
en la acera del convento
le había hablado. Y no era cuento!





Francisco de Añón.

1 comentario:

  1. Hola Maria Elena te faltan las entradas de esta semana, tu blog esta muy bien habla lo que eres tu y me gusta lo sobrio.
    Eres muy buena amiga gracias.

    ResponderEliminar